Casi siempre pasa comiendo. Notas algo duro que no debería estar ahí, lo escupes, y al pasar la lengua encuentras un hueco con bordes afilados donde antes había una superficie lisa. No es una urgencia que obligue a ir a las tres de la mañana, pero tampoco es algo que aguante tres meses. Aquí va qué hacer mientras tanto.
Lo primero, en los cinco minutos siguientes
Enjuágate con agua tibia para retirar los restos que hayan quedado en la cavidad. Tibia, no fría: el diente ha quedado expuesto y responde mal a las temperaturas extremas.
Guarda el trozo si lo tienes a mano, aunque casi nunca sirva para nada. Un empaste desprendido no se vuelve a pegar, a diferencia de una corona, pero al dentista le dice bastante ver si salió entero o fragmentado y si arrastró parte de diente.
Y ahora lo que no hay que hacer, que es donde la gente se complica. No hurgues en el hueco con palillos ni con la uña. No intentes rellenarlo con nada casero: ni chicle, ni cera, ni pegamentos de ferretería, que no sujetan y encima son tóxicos. No mastiques por ese lado.
Los días de espera
La cavidad está abierta y las bacterias tienen acceso directo a la dentina. La prioridad es que esa zona esté lo más limpia posible sin agredirla.
Cepilla con suavidad alrededor del hueco, sin evitarlo por miedo: dejar de limpiar esa zona es peor que limpiarla con cuidado. Pasa la seda con calma, sacándola hacia un lado en lugar de tirar hacia arriba, porque un borde afilado la engancha y de un tirón puedes arrancar más material.
Evita lo muy frío, lo muy caliente y lo azucarado, que es lo que más va a disparar la sensibilidad. Si molesta bastante, en la farmacia hay pastas para dientes sensibles y también cementos provisionales de venta libre. Estos últimos sirven unos días y nada más; no son un tratamiento, son un tapón.
Cuándo no conviene esperar
Dolor que va a más en lugar de estabilizarse. Sensibilidad al calor, que suele ser peor señal que la sensibilidad al frío. Hinchazón en la encía o en la cara. Mal sabor persistente. Fiebre.
Cualquiera de estas significa que la pulpa está comprometida o que hay infección, y entonces ya no hablamos de reponer un empaste. Llama el mismo día.
Por qué se ha caído
Rara vez es mala suerte. La causa más frecuente con diferencia es una caries que estaba creciendo debajo, filtrada por el margen, comiéndose poco a poco el soporte sobre el que se apoyaba el material. El empaste no falló: se quedó sin nada a lo que agarrarse.
Después está el desgaste normal por los años, el bruxismo, que somete la restauración a una presión nocturna constante, y los clásicos de morder hielo o abrir cosas con los dientes. A veces, sencillamente, el empaste estaba mal colocado desde el principio, con humedad durante el pegado o una cavidad mal preparada.
¿Y si el diente está condenado?
Esta pregunta aparece mucho y casi nunca se responde. Tienes una muela que el dentista ya te ha dicho que habrá que extraer más adelante, se le cae el empaste, y te preguntas si tiene sentido gastarse dinero en rellenar algo que va a acabar fuera.
Depende de cuánto sea «más adelante».
Si la extracción está prevista en semanas, no compensa. Se controla el dolor, se vigila la infección y se espera. Rellenar para retirar el diente en un mes es tirar el dinero.
Si el plazo es de meses o de un año largo, la cosa cambia bastante. Un diente abierto en esa zona sigue haciendo cosas mientras esté ahí: mantiene el espacio para que las piezas vecinas no se inclinen, sostiene el antagonista de la arcada de enfrente para que no se salga de su sitio, y evita que llegue el día de la extracción con una infección activa que complique el procedimiento. Un empaste provisional en ese escenario no es tirar dinero, es proteger la solución que venga después.
Y hay un tercer caso que se olvida: si el plan es sustituir esa pieza por un implante o una prótesis, conviene llegar a la extracción con la zona sana y sin infección. Un alveolo inflamado complica la cicatrización y a veces obliga a esperar meses más antes de poder colocar nada.
Qué pasa si lo dejas correr
La caries avanza más rápido a partir de ahora, porque la dentina expuesta es un tejido blando y poroso sin la protección del esmalte. Lo que era una lesión contenida se extiende hacia dentro y hacia los lados.
Si alcanza la pulpa, el empaste deja de ser una opción y pasas a necesitar una endodoncia: más sesiones, más coste, y después una corona para reforzar el diente. Y si el deterioro llega demasiado lejos, la única salida es la extracción.
La escalada completa, de empaste a endodoncia a extracción, se recorre en pocos meses cuando el diente se queda abierto. Ese es el argumento real para no aplazarlo, más que cualquier susto.
Qué se hace en la consulta
Primero se explora y se hace radiografía, para ver si hay caries por debajo, cuánta estructura sana queda y en qué estado está la pulpa. De ahí salen tres caminos.
Con suficiente diente sano, un empaste nuevo y listo, en una sesión. Cuando queda poco, se recurre a una incrustación hecha en laboratorio o a una corona, que abrazan lo que resta en lugar de rellenarlo. Y si la pulpa está afectada, endodoncia primero y reconstrucción después.
La revisión en odontología general es la que decide, y por eso no tiene mucho sentido intentar adivinarlo desde casa mirándose al espejo.
Para que no vuelva a pasar
El margen del empaste es el punto débil: ahí es donde entra la caries que acaba tumbando la restauración. Seda o cepillo interdental a diario, sin excepciones.
Férula si aprietas por la noche. Prudencia con lo pegajoso y con lo muy duro. Y revisión anual con radiografías, que detecta la caries bajo el empaste cuando todavía es un arreglo pequeño.
Si se te acaba de caer uno, llámanos y te damos hueco. Cuanto menos tiempo pase el diente abierto, menos habrá que hacerle.