Flemón y absceso dental: por dónde sale la infección

Muelas y encía vistas de cerca durante una revisión dental

Hay una escena que se repite en la consulta. Paciente con la cara hinchada durante tres días, dolor que no le dejaba dormir, y de pronto una mañana amanece bien. Ha bajado la hinchazón, ha desaparecido el dolor, nota un sabor raro en la boca y concluye lo lógico: ya se ha curado. No se ha curado. La infección ha encontrado por dónde salir, y eso es otra cosa muy distinta.

Qué es un flemón y de dónde sale

Un flemón es la respuesta del cuerpo a una infección bacteriana en los tejidos que rodean un diente. Se ve como hinchazón: en la encía, en la mejilla, a veces en media cara. Empieza siendo una molestia menor y termina en un dolor que no cede con analgésicos y que se irradia al oído o a la mandíbula.

Lo primero que conviene entender es que el flemón no es la enfermedad. Es el síntoma visible de algo que está pasando dentro del diente o debajo de la encía. Bajar la hinchazón sin tocar la causa equivale a apagar el piloto rojo del salpicadero.

El origen más habitual, con diferencia, es una caries que nadie trató. Avanza, alcanza la pulpa donde están el nervio y los vasos, y desde ahí las bacterias bajan por el conducto hasta la punta de la raíz. Al salir por el ápice se encuentran con el hueso y ahí empieza el problema real.

Otros orígenes: un golpe que mató el nervio hace años sin que el paciente se enterara, una enfermedad de las encías avanzada con bolsas profundas, una endodoncia antigua que ha vuelto a infectarse, o un resto de raíz que quedó bajo la encía tras una extracción incompleta.

Flemón o absceso: la diferencia que sí importa

En la calle se usan como sinónimos y para entenderse vale. Clínicamente no son lo mismo, y la distinción cambia el tratamiento.

El flemón es una inflamación difusa. El pus, si lo hay, está repartido y sin límites claros, infiltrando los tejidos blandos. El absceso es una colección de pus delimitada, encapsulada, concentrada en un punto. Un flemón que progresa acaba organizándose en absceso.

El más frecuente es el absceso periapical, que se forma justo en la punta de la raíz cuando la infección de la pulpa cruza el ápice y llega al hueso. Duele al masticar, el diente parece más alto que sus vecinos y molesta al mínimo contacto. En la radiografía se ve como una sombra oscura alrededor de la punta.

Hay una segunda familia, la de origen periodontal, que no viene del interior del diente sino de una bolsa infectada entre la encía y la raíz. El diente está vivo y sano por dentro. El tratamiento entonces es de periodoncia, no de conductos, y por eso el diagnóstico previo no es un trámite.

Los síntomas, por orden de aparición

Al principio es sutil. Una sensibilidad al masticar por ese lado, una molestia sorda que va y viene, quizá la encía algo más roja de lo normal. Fácil de achacar al cansancio o a que se ha comido algo duro.

Luego el dolor se instala y deja de responder bien al ibuprofeno. Aparece la hinchazón, primero en la encía y después hacia la mejilla. Muchas veces se ve una protuberancia parecida a una ampolla pequeña junto al diente.

Y hay un grupo de señales que cambian el nivel de urgencia por completo: fiebre, dificultad para abrir la boca, hinchazón que sube hacia el ojo o baja hacia el cuello, dificultad para tragar, malestar general. Con cualquiera de estas no se espera a mañana. Se va a urgencias el mismo día.

No decimos esto para asustar. Lo decimos porque una infección dental que se extiende a los espacios profundos del cuello es un cuadro médico serio, y el margen entre molesto y grave se mide a veces en horas.

Por dónde sale la infección

Vamos a la pregunta del principio. El pus se acumula, la presión sube, y como no puede comprimir el hueso indefinidamente, busca la salida de menor resistencia. Casi siempre la encuentra hacia el vestíbulo, perforando el hueso y abriéndose paso hasta la encía.

Ese canal tiene nombre: fístula. Es un conducto fino que conecta el foco infeccioso con la superficie, y por fuera se ve como un granito blanquecino en la encía, a menudo a cierta distancia del diente culpable. Drena de forma intermitente, y el paciente nota un sabor salado o desagradable que aparece y desaparece.

El alivio engañoso

Aquí está la trampa. En cuanto la fístula se abre, la presión cae y el dolor desaparece casi de golpe. La hinchazón baja. El paciente se encuentra bien y cancela la cita.

Pero la infección sigue exactamente donde estaba. Lo único que ha cambiado es que ahora tiene desagüe, así que deja de doler mientras continúa destruyendo hueso alrededor de la raíz, en silencio, durante meses o años. Las fístulas crónicas son un hallazgo bastante común en revisiones de gente que jura no haber tenido nunca un problema dental.

Cuando no encuentra salida

Esto es lo que preocupa de verdad. Si el pus no drena hacia la boca, se abre camino hacia otros sitios: el hueso maxilar, los espacios faciales profundos, el suelo de la boca, el cuello. De ahí salen la celulitis facial, la angina de Ludwig y, en el peor de los escenarios, el paso de bacterias a la sangre.

Son cuadros infrecuentes, pero existen y siguen ingresando gente. Todos empezaron como una caries.

Lo que no hay que hacer

No apretar. No pinchar. No reventar el bulto con nada, por mucha tentación que dé. Manipular la zona empuja las bacterias hacia dentro en lugar de sacarlas y convierte un problema localizado en uno extendido. El drenaje lo hace el dentista, en condiciones estériles y con anestesia.

Qué hace el dentista

Primero, diagnóstico. Radiografía para ver el estado de la raíz, medir cuánto hueso se ha perdido y localizar el origen exacto, que no siempre es el diente que duele. Un absceso refiere el dolor a las piezas vecinas con mucha facilidad y engaña bastante.

Si el foco está dentro del diente y la pieza es recuperable, el tratamiento es una endodoncia: se vacía el tejido infectado, se limpian los conductos y se sellan. Si el diente ya no tiene arreglo, se extrae. Cuando hay una colección de pus formada, se drena de forma controlada.

El antibiótico acompaña, no sustituye. Frena la infección y da margen para trabajar con seguridad, pero no elimina el foco: en cuanto se termina la caja, si nadie ha tocado la causa, el flemón vuelve. Ese es el motivo por el que tanta gente encadena tres o cuatro episodios en un año. Y nada de automedicarse con las pastillas que sobraron de la vez anterior.

Mientras llegas a la consulta

Enjuagues con agua tibia y sal, suaves, varias veces al día. Frío por fuera, sobre la mejilla, nunca calor: el calor dilata los vasos y ayuda a que la infección se extienda, justo lo contrario de lo que buscas. Analgésico según lo que sueles tomar. Y dormir con la cabeza algo elevada, que reduce la presión y la palpitación nocturna.

Son medidas para aguantar unas horas. Ninguna resuelve nada.

Cómo se evita

Casi todos los flemones que atendemos empezaron siendo una caries pequeña que no molestaba. Ese es el resumen honesto. Cepillado dos veces al día, seda o interdental a diario para llegar donde el cepillo no entra, y una revisión anual con limpieza en odontología general.

Y una recomendación concreta: si te dieron un golpe fuerte en un diente hace años, aunque no te duela, que te lo miren. Los nervios que mueren por traumatismo no avisan y son el origen de bastantes abscesos que aparecen una década después sin motivo aparente.

Si ahora mismo tienes hinchazón, dolor o ese granito en la encía que va y viene, llámanos. Atendemos urgencias y este es de los problemas que empeoran solos si se dejan estar.

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